…” Y a partir de ahora cada una tendrá que hacer su propio potaje”
María del Mar Alonso
Dicen mis compañeras que no fue exactamente la última frase de la formación en Diafreo, pero yo la recuerdo como el legado final de nuestra maestra Luz, el permiso explícito para que cada una construyéramos nuestro propio estilo como diafreístas.
Después de tres años de sesiones intensivas de prácticas, de estudio, de múltiples y variadas lecturas, de trabajo con modelos, todo ello en un contexto terapéutico, nuestro pequeño grupo recibió el encargo de ponerse en marcha, soltar los miedos, incorporar los nuevos aprendizajes a nuestras respectivas formas de ser y estar en el mundo. Y elaborar cada una “su guiso”, todos con texturas y aromas distintos, pues distintos eran nuestros estilos de vida, edades, trayectorias, recorridos profesionales, expectativas…
En mi caso, procedente de largos años en el mundo de la enseñanza y la terapia sistémica en contextos grupales, empezar a trabajar la Diafreo en grupo fue el paso natural. Más aún teniendo en cuenta que Amelia, mi amiga y compañera de formación también lo sentía así. Muy rápidamente tomó forma un primer grupo, que facilitamos entre las dos, y al cual siguieron otros muchos. El paso de empezar a trabajar individualmente con las personas participantes en los grupos fue la consecuencia lógica de este despliegue inicial, en el que pude aprovechar mi rodaje previo para sentirme mínimamente segura. Y, las dos palabras que resumen el sabor de mi puchero de aquellos primeros años, fueron, sin duda, grupo y supervisión. La incondicionalidad de Luz, su constancia supervisando nuestros procesos, poniendo ojos y añadiendo la sal y la pimienta, acompañando nuestros primeros pasos como diafreístas, hicieron posible el milagro de que durante años la Diafreo haya sido un recurso terapéutico presente en Canarias.
Han pasado dos décadas desde entonces. La Diafreo me ha permitido conocer infinidad de personas, afinar la mirada leyendo líneas corporales, desarrollar un sistema de escucha del cuerpo, atender aquello que nos habla, nos sugiere, incluso nos grita. También he visto, “elefantes verdes volar”, ser testigo admirada de transformaciones que parecían imposibles.
Y, fascinada por la continua invitación a habitar el cuerpo, liberar la respiración, acceder al espacio interno, a ese lugar en el que los cambios son posibles, voy adentrándome en nuevas experiencias, acordes con mi momento vital. Ensayo, con humildad y respeto, nuevas combinaciones, o, mejor dicho, pongo título a combinaciones que siempre estuvieron ahí. Y, si ahora Amelia y yo hemos retomado el trabajo conjunto y ofrecemos espacios de “Diafreo y Meditación”, no estamos inventando nada, somos fieles a la propuesta de nuestras maestras de “hacer nuestro propio potaje”, de compartir la práctica asentada de conciencia corporal, de atención a la respiración, de meditación. pues forman parte de la vida, con las diferentes formas y prioridades que ésta va adquiriendo.
4 de abril 2026
