Quinta sesión

Me saluda serio, correcto.
– Vamos a ver, pienso.
Ya en la sala, le pregunto cómo está y me sorprende su mirada triste, casi de llanto.
-D. Luis le ha pasado algo?.
– Escribe en su pizarra: Desde que estoy con usted, o mejor dicho desde la última sesión, tengo una penita, aquí dentro, se señala el corazón, que no me deja vivir, lloro ante cualquier música, ante un bebé, ante una mujer hermosa.
– No le va a consolar pero es normal lo que le está pasando.
– Normal?
Su cara es un poema.
– Verá, al mover los ejes de su cuerpo que estaban fijados por la musculatura, se mueve la vida, los recuerdos, los personajes, las historias que nos han configurado.
– Ya, vale, pero dónde estaba esta tristeza?
– En su cuerpo, en su musculatura y en su cabeza. Es suya, es su vida, es su temperamento, es su manera de vivir. Esa tristeza no es inventada; está agazapada, escondida por todos los afectos, comportamientos, creencias que usted necesita, para ser quien necesita ser.
– Y usted lo destapa sin decirme nada!
– Yo no puedo saber lo que le va a pasar, D. Luis.
– Y qué hago? No puedo vivir llorando. Sabe? A los hombres no nos enseñan a llorar.
– Es verdad, pero quizá podamos descubrir qué pena es esa.
– Ah, y eso me va a consolar?
– Pues quizá, pero le va a permitir saber más cosas de usted y su manera de vivir su vida.

Nos ponemos a trabajar en la colchoneta y le pregunto dónde siente esa tristeza.
Me señala el pecho.
Su tórax no se mueve cuando le pido que respire profundo y despacio, así que veo sus pectorales mayores que son dos garras que sujetan las costillas por delante y arrastran los hombros y al tocar sus gran dorsales, tienen una fuerza y un tono que me explica lo que veo.

Empiezo pues a intentar soltar esos músculos sin dejar que su cuerpo compense aunque es inevitable; su cuello, su cabeza, sus brazos, su cadera, un trabajo arduo, pero que realiza a conciencia, sin dejar de respirar.
En un momento determinado, veo la necesidad de hacer un trabajo activo, es decir que trabaje él, y le pido que ponga sus brazos doblados apoyados en los codos y hacia arriba de manera que se miren sus manos.
Le pido entonces que sin dejar de respirar, intente llevar sus manos hacia el techo, sin levantar los codos del suelo y sacando la fuerza de sus omóplatos.
Pienso: Es imposible que pueda tocar el piano con estos dos frenos en los brazos.

Se empeña y en un momento determinado, se suelta, cede, se afloja todo y hacer el movimiento que antes era un sufrimiento se convierte en un gesto suave, preciso.
Sus expresiones de cara son tan claras que no necesito preguntarle cómo se siente.
Hasta que le sobreviene el llanto que le sale a borbotones, de dentro, sin freno.
Me quedo acompañándole, sin querer interferir en su penita pero sin que se sienta abandonado.
Llora, llora y siento que está llorando por cosas profunda y antiguas.

Espero a que pueda salir de su situación.
Al fin, me aprieta la mano y me mira con los ojos todavía con lágrimas y me da las gracias.
– D. Luis, quiere hablar de lo que le ha pasado?.
Mueve la cabeza negativamente.
– Ahora no puedo, pero la próxima sesión le cuento. Se lo merece.
Cuando me quedo sola, siento la tristeza en la habitación, en el aire, tristeza de verdad, y la siento también en mi pecho.

Foto: Catteleya, orquídea.

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