CUARTA SESIÓN

CUARTA SESIÓN

Se presenta puntual y entra directamente a la sala, con un saludo de cabeza.

Se le ve cómodo y se acuesta en la colchoneta, sin darme tiempo a preguntarle cómo está.

Se lo pregunto, ya dispuesto y me sonríe por respuesta.

Pienso: mucho mejor, bien, vamos bien.

Entonces me muestra su mano derecha y me dice que no puede tocar, ni escribir en la pizarra. Está aislado y sin embargo, sonríe o mejor dicho, no gruñe ni se queja.

Le pregunto con gestos si es de tocar el piano.

Afirma como si fuera evidente.

– Le duele?

– Afirma con la cabeza, ya más serio.

– Mucho?

– Vuelve a afirmar y con su dedo pulgar e índice me indica un poquito.

Sé que le duele mucho, pero más le duele no poder tocar.

Así que quiero explicarle lo que creo que es y de repente me asalta otra idea y no le digo nada, sino: Vamos a trabajar.

Utilizo los conocimientos de Meziérès que dice que no hace falta empeñarse en la lesión, hay que verlo de forma total, buscar las cadenas musculares y soltar lo que está bloqueado.

Le hago la lectura de sus cervicales y le digo que me señale dónde le duele.

Cualquier pequeña presión que ejerzo en su cuello es una molestia, eso y la pequeña lateroflexión me hace pensar que empieza una cadena de contracción.

Le coloco los hombros y su cadera se desvía, le invito a respirar profundo y su caja torácica no se mueve.

Poco a poco, va respirando más confiadamente y se serena, relajándose, pudiendo soltar los grupos musculares que están bloqueando la espalda.

Va bajando sus lumbares al suelo y consigo estirarle las piernas que tiene muy cargadas y tensas.

Me llama la atención la concentración que pone en el proceso y cómo lo hace profundo y personal.

No habla, sólo respira y sigue las consignas que le señalo.

Cuando le bajo las piernas, sus ojos brillan y le tiembla la barbilla.

Me señala su mano y la mueve libre, sin tensión.

Me siento emocionada.

Le pido que se quede un rato en la colchoneta, observando lo que siente y qué ha cambiado.

Así está unos minutos, en su mundo, llorando.

Cuando se ha vestido, le pregunto cómo está y si quiere hablar de lo que le ha pasado.

Sólo se para ante mí, me mira agradecido y me alarga su mano dolida y aprieta la mía.

Vuelve a sonreír y sin decir nada se va.

Bonita sesión, sí señor.

Foto: cactus de aire en flor

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