
Don Luis, así me dijo que se llamaba, había pedido hora para ser atendido y cuando sonó el timbre sabía que era el.
-Buenas tardes D. Luis.
Tenía ante mí a un hombre bajito o un poco más bajo que yo, corpulento, ancho, fuerte.
Su expresión era difícil de definir: tristeza pero determinación, genio pero ternura, sonrisa pero ceñuda. Pensé: difícil pero interesante, me picó la curiosidad.
Cuando se sentó y le invité a contestar algunas preguntas me sacó una pizarrita y me señaló para que escribiera la pregunta.
No había atendido antes a un sordo así que me pregunté cómo haría, si continuamente tengo que estar en contacto con él.
No me desanimé, seguí adelante como si todos los días lo hiciera.
Tenía que saber sus motivos para la consulta y me dijo
-Estoy mal, me duele la vida y todo.
Pensé si soy honrada le tengo que hablar de mis limitaciones y ya él estaba diciendo: -Ya sé que es mucho, usted haga lo que pueda.
Comprensivo o condescendiente?
Su expresión seguía siendo seria, casi adusta, pero había algo detrás que me desmentía lo que era fachada.
Le pedí que se desnudara para leerle el cuerpo y sus líneas y me dijo que no venía preparado: -Vivo solo y no pensé que tenía que desnudarme de manera que no traigo muda limpia.
-No se preocupe, hoy no vamos a trabajar mucho; para el próximo día sí necesito que venga preparado, es decir limpio porque vamos a trabajar con su cuerpo.
Manejaba la pizarrita con una rapidez asombrosa pero cuando le pedí que la dejara aparte, siguió hablándome como si no fuera sordo.
Su cuerpo era un nudo de contracturas, de fuerza muscular y tendinosa. Tenía las piernas en o, con los isquiotibiales acortados, las nalgas apretadas y los brazos no se le pegaban al cuerpo por los músculos de la espalda que lo mantenían derecho.
Los hombros estaban rotados y hundidos, su pecho no se movía al respirar y la mandíbula se cerraba con tanta fuerza que sus labios desaparecían. Sus ojos eran los que expresaban todo lo que pasaba, tenían fuerza instintiva y un dolor profundo los hacía brillar.
Cuando terminé de leerle las líneas le pedí que se acostara boca arriba y se confirmó lo que de pie se veía: sus lumbares no tocaban el suelo, sus piernas no se estiraban del todo, su cabeza se desviaba, y sus hombros se quedaban hacia adelante en el aire.
Acostado su expresión era otra, más desconfiado pero más vulnerable.
– Don Luis le pregunté, dónde le duele?
– Qué pregunta es esa? Ya le he dicho que todo.
– Puede señalar algún punto que le duela intensamente ahora?
Dudó, empezó a mover la mano pero no se paró en ningún punto concreto, la pasaba por encima de su cuerpo sin detenerse. Supe que en realidad no sabía lo que le dolía, como si su cuerpo no fuera suyo.
En ese momento tuve la certeza de que tenía un paciente que iba a suponer un reto pero a la vez me había cautivado por su mirada de desconcierto.
Tenía que hacerle algunas preguntas personales.
Me dijo que era músico, componía como le gustaba, ya no obedecía ningún canon para hacerlo, lo que le hacía muy feliz. Su expresión era un poema, se transformó en un hombre bello, con una dulzura y sentimiento en su cara cautivadores. Caí en sus redes.
Me preguntó qué tipo de música me gustaba, le dije que toda la música, sin especificar.
Craso error, desperté al monstruo, se transformó en un ser serio, casi severo que me miró con desprecio. Sin palabras me hizo sentirme ignorante, pequeña, osada, en fin…
Empezó un discurso sobre la música clásica y su exquisitez no hecha para cualquiera, y sus palabras me abrumaban. Tenía que parar aquello o llegaría a ser imposible de manejar.
Lo llevé a otro terreno memorizando que la música era vital para el.
– Dígame D. Luis, cómo es su vida cotidiana?
– De nuevo: Qué pregunta es esa? Pues lo normal, lo de todo el mundo.
– Vale y cómo es esa vida normal? Cuénteme un día cualquiera.
El comienzo fue difícil, arduo, tuve que sonsacarle para entender cómo vivía y deducir si sus dolores eran debidos a alguna enfermedad o a un estilo de vida.
De todo lo que me contó saqué en claro que vivía con un sobrino y una mujer que le ayudaba; se pasaba la vida entre sus escrituras pautadas y buscarse la vida para tener liquidez con la que mantenerse y mantener a su sobrino.
Terminé explicándole en qué consistía mi trabajo y si estaba dispuesto empezaríamos la semana siguiente.
Asintió muy serio.
4 de marzo de 2026
